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Cuaderno de viaje de Laureano Estévez De La Mayor – Marrakech, Marruecos

Éramos ocho personas en el compartimiento del vagón, todos marroquíes excepto yo. El vaho era por momentos insoportable. En seguida todos empezaron a hablar entre sí, hombres y mujeres. Las mujeres, casi todas con su hiyab en la cabeza -velo que cubre pelo y cuello- pero también se ven muchas con niqabs, -velos que tapan todo el cuerpo menos los ojos-. Al principio es un poco impactante, genera distancia. El velo en Marruecos es seguridad, protección. Una mujer que lo lleva es más respetada. Una chica fue la encargada de introducirme en la conversación al comenzar a traducir -eIMG_4261n inglés- lo que los otros decían. Esto cambió todo. Empezaron a ofrecerme, comida, yogurt, galletitas, agua, me preguntaron de donde era. Empecé a sentir lo amables y educados que son. Llegué a Marrakech a las seis de la tarde. La ciudad se veía inmensa y muy moderna. Invitaba a recorrerla pero tenía que ir a mi hostel que estaba dentro de la medina -ciudad vieja que se encuentra amurallada con sus típicos pórticos estilo árabe-.

Lo primero que me llamó la atención fueron los bares que tienen dos rasgos fijos: sólo hay hombres y nadie bebe alcohol. El alcohol es porque el islam lo prohíbe. Puede encontrarse alcohol y hay bares que lo sirven, pero casi nadie lo bebe en público. En Marruecos se consume mucho té, café y refrescos. En todos mis días en Marruecos traté sólo con tres mujeres paraIMG_4212 comprar algo: una me cobró en un bar, otra era la moza de una pizzería y otra me vendió un billete de tren. Los hombres acosan a las mujeres en las calles -piropean, se acercan, las siguen- pero sólo a aquellas que no llevan velo. Es un problema serio. No es difícil de ver. El colectivo masculino en Marruecos no tolera a la mujer en el espacio público. Compré en la calle un pan con carne de cordero frita por 10 Dírham, unos 27 pesos uruguayos. En las laberínticas callejuelas de la medina, repletas de gente, un enorme zoco me esperaba. Circulaba todo tipo de vehículos: bicicletas, motos, carros, burros, autos, camionetas. Los hombres dominan las calles. Por temor al acoso, las mujeres tienden a quedarse en casa o ponerse el velo al salir y mayormente van acompañadas por niños. Los marroquíes te siguen por cuadras para venderte algo, son chamuyeros y si te hacés el que no entendés en seguida te hablan en español, alemán, italiano, francés. No es posible una compra sin el regateo de por medio. Lo que inicialmente valía 100 Dh lo terminaba comprando por 20. Había de todo: lámparas, carteras y bolsos de cuero de camello, antigüedades, ropa, verduras, pan, especias, todo lo que te imagines. Dentro de la medina, también estaba lleno de pequeñas mezquitas con gente rezando todo el tiempo.

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Ya en la plaza principal llamada Jemaa El Fna, había todo tipo de espectáculos: encantadores de serpientes, monos, cóndores, guitarras, bailes, mujeres que me querían pintar las manos con henna, tiradoras de cartas y mucho ruido. Estaba lleno de lugares para comer. Por 4 Dh (11 $U) me tomé un riquísimo jugo de naranja natural. Al atardecer me fui a la terraza del hostel, cuando de repente empecé a escuchar desde todos los puntos de la ciudad el llamado a rezar de las mezquitas. Era una sensación increíble, como un zumbido monótono pero agradable, con mucha energía. Cené en la plaza principal uno de los platos típicos de este país: cous-cous con verduras y carne de cordero.

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